viernes, 14 de junio de 2013

Y entonces lo comprendí.

Cada palabra que él decía era como echar alcohol a una herida que te acabas de hacer. Todos conocemos esa sensación de escozor y dolor que sientes al principio pero que a la vez, es muestra de cura y alivio para que no se infecte.
Él fue el alcohol de esa noche; sus palabras al final de un viernes lleno de sobresaltos y emoción fueron las que alejaron a los buitres y pesadillas que se habían instalado en su cabeza y que no tenían intención de marcharse.
Ese viernes ella pasó desde la línea infinita de la alegría, el orgullo y la gratitud al miedo, las lágrimas y la culpa de nuevo. No pudo evitar que le temblaran las piernas, ni que se le cayeran las lágrimas ni aplaudir; aplaudirle a él.
Pero esas palabras le hicieron reaccionar de tal manera que sabía lo que debía hacer: "no era su sitio, era la noche de él y debía irse a casa".

Y entonces comprendió, gracias a un angelito bajado del cielo (que quizá sea el segundo ángel de la guarda, ya que el primero estaba graduándose) lo importante que es ser feliz...Quizá sus palabras fueron demasiado sencillas y es eso lo que las hace tan especiales... "Haría lo que fuera por verte bien" Y ese abrazo bastó para comprender.