viernes, 20 de noviembre de 2015

A un t-extraño.



Sucede,

cuando estás tocando el cielo con las manos, estás en lo más alto, no oyes voces de los de abajo, no prestas atención a la altura, ni siquiera tienes conciencia de que puedes caer a toda velocidad y meterte la gran ostia de tu vida. Y es que es la sensación más maravillosa del mundo, que te importa todo una mierda y deseas seguir flotando todo el tiempo. No esperas ni por un momento salir de ese ensueño multicolor que se convierte en el centro de tu vida, y el que por supuesto, tiene nombre y apellidos.

Sucede que ahí no has podido llegar sola, te han ayudado a conseguirlo. Ese nombre con sus apellidos, te ha cogido de la mano, te ha llevado al séptimo piso del edificio más alto de Madrid y te ha dicho "Salta, hazlo por mi". Y tú, jodidamente loca por él, no lo has dudado ni unos segundos. Respiras y saltas.

Y flotas en un cielo lleno de nubes de algodón de azúcar cuyo centro no es el sol, sino TU SOL. Ese sol que aparece en tu vida y que te demuestra lo que es el amor y todo el royo. Y mira que tú, antes de saltar, le has dicho que él tenía que lanzarse contigo, que estuviera seguro de cogerte bien la mano. Y salta contigo. Es lo último que ves, dejas de oír, de prestar atención porque estás al borde del éxtasis en ese cielo de nubes dulces, palabras mentirosas y besos con lengua.

Por supuesto que no ves el impacto pero sin darte cuenta, sin un qué, ni un porqué te encuentras entre lágrimas de plata en un cuarto sin ventanas, día sí y noche también. Echándolo de menos y también de más, auto-protegiéndote cómo puedes y con un paquete de clínex siempre en la mochila. Envuelta en un bucle que se reduce a un ¿por qué? y a confabulaciones penosas que no aciertan ni echándole imaginación. Y pasa un día, y otro día. Y hasta un mes, y hasta 8 más. Y lo mejor de todo es que, se supone, te lo ha puesto fácil porque no quiere hacerte daño ni verte sufrir. Sí, eso es lo mejor de todo.


Aprendes, aprendes y sales. Porque decides que antes de él ya estabas tú y pensamientos varios que se alternan, de ser la tía más fuerte del mundo a ser la más llorica y penosa, en un pis pás, como una montaña rusa. Todo, porque te has creído que siete meses ya eran motivo para implicarte un poco. Pero se ve que no. Y sigues, al pie del cañón, esperando algo que no va a ocurrir o que quizá sí ocurra y sea peor, o ya no sabes ni lo que esperas.¿Y por culpa de quién? ¿Y total, para qué?

El perfecto final para una historia de mierda. Lo que sucede, es que aún a pesar de tener todo tan claro y no haber sucumbido a la tentación de llamarle o cualquier barbaridad que ya hubieras hecho hace tiempo, decides calmarte y reflexionar, pensar en lo que quieres tú y en sí tienes fuerza de darlo todo por alguien que te ha sacado de su vida en menos de un mes. Y lo haces, sales, tú sola y sin la ayuda de nadie. Es entonces cuando el ya conocido perro del hortelano hace su aparición y te desbarajusta todo porque se cree con el derecho de irrumpir en tu vida cuando y como quiera, sin ningún tipo de consideración. Y lo peor de todo, es que has vuelto a dejar que te mire a los ojos.