lunes, 8 de agosto de 2016

Salud mental.

Llegué aquí un 1 de octubre de 1992, hace cinco meses, tras haber perdido a mi familia. Veraneábamos en nuestra casita de la sierra como todos los años y la madera ardió tan rápido que a los 15 minutos ya no quedaba nada. Después de ver los cuerpos calcinados de mi esposo y mis dos hijos pequeños, entré en estado de shock y un mes después desperté aquí. No recuerdo nada y cada vez que intento hacerlo, esa nube gris aparece y se instala en mi cabeza evaporando una mañana que comenzó con los chillidos de Claudia mientras le desenredaba el pelo; y los de Juan acerca de porqué su corbata seguía sucia. Recuerdo que tras lavar la corbata de mi marido y dejar a los niños a su cuidado, olí un fuerte olor a gasolina que provenía de arriba y diez segundos después, la casa estaba ardiendo. Conseguí salir porque estaba limpiando el trastero.
– Pero, en el informe de ayer aseguraba usted haber ido a comprar al supermercado antes de arreglar el trastero.
– No, primero arreglé el trastero, luego fui al supermercado.
– ¿Qué compró en el supermercado?
– Gasolina.
– ¿Para qué quería la gasolina?
– Para el coche pero yo… creo que rocié primero el suelo y luego bajé a limpiar el trastero.
– Está bien, voy a ponerle un calmante. Este es diferente a los anteriores, seguro que se encuentra usted mucho mejor.
Mientras la enfermera inyectaba el nuevo tratamiento a la paciente, Claudia no podía evitar sentirse decepcionada consigo misma por fracasar una vez más. Solo esperaba que su madre evitara volver a ese incendio provocado de su imaginación y recuperara la cordura después de 30 años.

Diálogo

-        -  ¿Hola, hola? Hay alguien… ¡Disculpe, disculpe!
-         - Sí, ya, un minuto…. Voy, voy. Buenas tardes, señora. ¿en qué puedo servirle?
Aparece un chico joven de unos 18 años. Está de espaldas.
-        -  Buenas, buenas lo serán para ti… llevo esperando más de 10 minutos ¿sabes? ¿sabes qué hora es muchacho?
-        -  Disculpe señora, estaba ocupado y no he oído la campanilla.
-      -  Las 9 de la noche muchacho… ¿quieres darte la vuelta y atenderme de una vez…? hacer perder el valioso tiempo de las personas… ¿no te da vergüenza?
-          -  Mire, ya le he dicho que lo siento, perdone…¡doña Pilar, ¿es usted?!
-         - ¡Pero mira quien está aquí, el pequeño de los García…! Así que no solo me hacer perder el tiempo en clase, también aquí…
-         - Está bien, ¿qué desea?
-        -  Lléname el depósito, que me aguante hasta Galicia.
-         - ¿A Galicia?
-         - Si, ¿no te parece bien García?
-          - Claro, claro, yo no quería decir nada, es que está lejos de Villamanrique, solo eso.
-          -¿No querías decir nada? ¿cómo las pintadas del otro día, que tampoco decían nada ¿no?
-          -Profesora, le juro que yo no fui, se lo juro…esas amenazas decían cosas horribles.
-         - García déjalo, lléname el depósito de una vez.
-          -¿Para qué se va? ¿Cuánto tiempo?
-         - No es de tu incumbencia chico.
-         - ¿Y su familia? ¿No se va con usted?
-         - No, no tengo. Me parece que ya basta ¿no? Mira, chaval me gustaría irme se me ha hecho muy tarde y me gustaría encontrar un sitio donde cenar y alojarme esta noche.
-         - Yo podría llevarla al hostal de mi padre, está a 20 minutos de aquí.
-         - No chico, indícame el camino, iré sola. 
-         - Usted es rara, generalmente a la gente le gusta estar acompañada…
-          - Me gusta estar sola, me molesta la gente. Me agobia tener que estar oyendo estupideces todo el día, insoportables, te hacen perder el tiempo, niño, como tú me lo haces perder a mí y te complican la vida.
-         - ¿No le gusta su trabajo, verdad?
-        -  ¿Cuánto es?
-         - 80,50. Todos los alumnos se ríen siempre de sus profesores.
-          - Quédate con el cambio, chico, tengo que irme, se hace tarde.
-         - ¿Me tiene miedo, verdad? Tiene miedo de quedarse aquí, por eso se marcha.
-         - No digas estupideces.
-         - Vamos, venga a cenar al hostal con mi familia. Le vendrá bien tener compañía y relajarse un poco antes de irse. En caliente todos actuamos sin pensar.
-        -  Lo dices por propia experiencia, ¿eh chaval? No, prefiero un sándwich de camino.
Doña Pilar gira el pomo de la puerta para marcharse y por inercia, mira una última vez hacia atrás. Se encuentra con los ojos de su mejor alumno hasta el día anterior. Las pupilas misteriosas del chico se clavan directamente en las de ella. Un escalofrío recorre todo su cuerpo y doña Pilar decide irse lo antes posible de allí.

-          Profesora, le juro que yo no fui ni sé quién lo hizo. 

Empatía (otro nivel)

No tendría más de ocho años cuando vi como mi padre estrangulaba a mi madre. Recuerdo sus chillidos y los intentos que hacía por soltarse de los brazos de su asesino; su olor y sus palabras pidiéndome ayuda. Mi padre ni siquiera intentó escapar, esperó sentado en el sofá del salón, observando el cuerpo inerte de la mujer que hasta ese momento había sido su esposa. Estuve a su lado hasta el momento en que lo esposaron. Me acarició el pelo y me dedicó una última sonrisa, que yo le devolví con complicidad, como si lo que acabara de ocurrir hubiera sido una tarde agradable padre e hijo de fútbol y helado. Creo que fue este el momento exacto en que me convertí en un asesino.
Me trasladaron a un orfanato de Madrid, donde permanecí algunos años. Nunca tuve amigos, ni siquiera intenté tenerlos; no obstante, dejé que ellos pensaran que podían confiar en mí. Así, podía controlar la situación y manipularles a mi antojo para conseguir lo que me interesase. A mis 14 años, el resto de chiquillos me parecían una panda de palurdos infantiles a los que no me hubiera importado rociar con gasolina. En varias ocasiones intenté divertirme a su costa y los encerraba con llave en armarios durante días haciendo creer al resto que se habían escapado. Estoy seguro de que la única que sabía lo que ocurría era la vieja ama de llaves, que apartaba sus ojos espantados de mi mirada fría y burlona, clavada directamente en ellos.
Debió de alegrarse mucho cuando fui adoptado por una joven pareja gallega que tenía una hija un poco mayor que yo. La chica era lo más hermoso que yo había visto en mi vida. No habían pasado ni cuatro meses cuando ocurrió. Era viernes. Los vi sentados en un banco del parque Santa Margarita. Se estaban besando. Saqué de la mochila el cuchillo carnicero de mi padre adoptivo que había robado a la hora de la cena. No duró ni un asalto, a la cuarta puñalada por la espalda, ya estaba muerto.
La pelirroja me miró, impávida y aterrorizada. Sabía que quería salir corriendo. Me anticipé a sus movimientos y la agarré bruscamente de la melena de fuego, que me recordaron las cerillas que tenía en el bolsillo. Me aproximé a su cuello, respirando su aroma lentamente.

Observé sonriendo cómo llegaba la policía desde el banco y no me moví hasta que me esposaron. Ni siquiera intenté escapar.

Heroína romántica


-          Me he enamorado de ti – eso es lo primero que me dijo.
Dos meses con él y estaba profundamente enganchada. Se largó a los cuatro, dejándome en la mierda más absoluta y al cuidado de una madre que se dio de bruces con una realidad cubierta de polvo blanco y miradas perdidas en lugar de encontrar a una hija graduada en marketing y con todos los dientes.

Fueron meses horribles. El monstruo surgía con fuerza y conseguía que hiciera lo imposible por un gramo. Pero esa mañana fue diferente. El olor a lentejas que provenía de la cocina me trasladó a un pasado en el que era feliz. Fui a la cocina y probé mi plato favorito. En esos pocos segundos supe que quería salir y esa sensación recorrió todo mi cuerpo. Entonces empezó a oler a quemado y la puerta estaba cerrada con llave. No sé por qué pensé en ese momento que a mí nunca me había querido nadie. 

Sensaciones.

-          ¿Y si yo me convierto en pluma?
-          Yo me convertiría en pájaro

Anoche, volví a jugar contigo al ¿Y si?  Por unas horas, me volví viento y salté por la ventana. Fui a ver el mar, a aquella playa nuestra en la que confundía tus manos con la arena y la sal. Y el calor que desprendía tu piel abrazando mi cuerpo desnudo, llevo de vida y de libertad.
Pero eso era anoche, ya no soy viento. Soy roca. Sí, y las sabanas lija y sudor. Y toda yo una piedra. No respiro. Otro día más. Aguanto lo máximo posible y no respiro pero acabo haciéndolo extasiada por mi propia asfixia. Maravillosa sensación la de que te falte el aire. Quizá la mejor después de tu olor. Estás aquí y me abres la ventana, como todas las mañanas. El aire frío me golpea la cara y abro los ojos. Me odio por no identificar tu tacto con el de la áspera esponja. Me sonríes. Estás hablando. No te oigo. No quiero oírte. Te odio, te odio porque ya ni te inmutas cuando me ves desnuda. Me estás mirando y me convierto en algodón. Te odio. Me estás hablando. No te oigo. Y me vistes. Y me enfundas la camisa que me oprime el pecho, que no me deja respirar. Me ahogo. Quítamela como en la playa de nuestros sueños. Me asfixia. Está fría. Y ahora esos horribles pantalones azules. Son lo más anti erótico que yo haya visto y anchos. Cabría otra como yo y sin embargo me aprietan, me estremecen. Y ahora me peinas. Y después te marchas dejándome en mi silla, cerca de la ventana. Ya no te huelo, huele a la colonia barata que me has echado. Has vuelto y estás delante de mí. El sabor a madera me produce arcadas. Aguanto el lápiz y escribo.
-          ¿Y si yo me convirtiera en sangre?

Ya no sonríes. Lo borras y escribes te quiero y ya has salido de la habitación. Y yo, soy de nuevo una piedra. Y de nuevo intento no respirar.