domingo, 13 de octubre de 2013

Ella.

Ella.
Esa sonrisa radiante que la había caracterizado siempre, esos ojos brillantes, llenos de sabiduría y serenidad. Una mujer luchadora, que ha dado todo por los suyos, manteniendo a su familia siempre unida, dándoles una educación ejemplar y transmitiendo buenos valores de generación en generación. 
Ama de casa, costurera, peluquera, cocinera, catequista, abuela y madre; nunca hubo tanto trabajo en una misma persona y siempre con una sonrisa.
Aún recuerdo de pequeña, como decía a todas las personas habidas y  por haber, que yo era su hija pequeña, aquellas trenzas de raíz para ir al cole,esos zumos de naranja natural, los bocatas famosos de la abuela que no sé si sería por el queso fundido o por el jamón serrano pero lo cierto es que no me he comido otros más ricos; al igual que los batidos de chocolate (que no eran otra cosa que leche con más de medio bote de colacao y mucho hielo); los miles de vestidos que me ha hecho, los postres y tartas que dejan sin habla, hasta las noches de hospital o aquellas, en las que no podía dormir y estaba tan nerviosa que ella se acostaba conmigo relajándome, tocándome el pelo y la cabeza. 
Lo cierto es que es difícil compararla con cualquiera. 
Millones de consejos, de refranes, de palabras, de ilusión, de ayuda, de sentimientos... Nunca conoceré a alguien que goce de más vitalidad que ella; que aún hoy sigue desprendiendo por todos y cada uno de los poros de su piel.
Esa sonrisa radiante y esos ojos serenos siguen enseñándonos; ahora, más que nunca a ser buenas personas y a querernos mucho. Yo, sin embargo, no puedo más que agradecerle todo lo que ha hecho por mi, queriéndola mucho y admirándola a más no poder; porque no hay nada más en el mundo que me gustaría que ser como ella.
Gracias, por todo lo que has hecho por nosotros. Te quiero.

domingo, 6 de octubre de 2013

Tu.

Domingo por la tarde de colapso mental y lluvia en las ventanas. De planteamientos pesados y música moña.
De acabar enfadada y frustrada por no saber no esperarte. De odiarte y necesitarte del mismo modo. 
De echarte de menos y a la vez de más. De olvidarte para siempre con palabras mientras que te instalas en mis retinas una y otra vez. 
Domingo de colapso mental y lluvia en las ventanas.