Algo así como un gusano estando en la crisálida y cubierto por un enorme caparazón. Le cuesta tanto aceptar el cambio que permanece, cuánto más tiempo mejor, esforzándose en no transformarse; pero el tiempo condena y no para, y se volvió el gusano, mariposa.
Eso sí nunca aprendió a volar.
La culpa fue sólo de ella, perdió de vista el reloj otra vez, se le hizo tarde e igual que el bebé no adquiere los hábitos necesarios en los estadios concretos, a la mariposa se le olvidó volar como al niño se le olvida pronunciar la letra "r" o tartamudear, y le queda marcado de por vida.
La mariposa tampoco podía ser vista, no tenía colores llamativos ni vistosos; su palidez y color cenizo recordaban más a una asquerosa polilla de esas que son tan tontas que ven una luz y se acercan porque deciden brillar sin ni siquiera saber que están a punto de suicidarse; pero nuestra mariposa no es de esas, hay unas ganas de vivir, conocer y sentir especiales. Todas las noches deseaba volar, sabiendo que su sitio no era ese como tampoco era suya la ciudad en la que veía constantemente amanecer; una y otra vez, todos los días de su vida. Jamás pensó que era un punto pequeño en el olvido; únicamente se percataba de que nadie con sólo dos ojos en la cara podría apreciarla.
Y un día consiguió levantarse un poco, no mucho; pero lo suficiente para lograr posarse en el hombro de una niña pequeña, que no tendría más de siete años. En lugar de apartarla o sacudirse de ella, la niña tomó la mariposa con las dos manos y trató de hacerla volar sin éxito; tras la décima prueba, la mariposa agitó sus alas, con toda la fuerza de la que era capaz y logró volar.
Y fue así como la mariposa concedió a la niña el don más bonito e importante que tenía, sus ganas de soñar, de ser especial y no igual que los demás. Sus ganas de saber, crecer y conocer; de no conformarse nunca y luchar con todas sus fuerzas.De querer a sus amigos y apreciar las cosas que no todos ven. Una vida llena de placeres pequeños y sentimientos sinceros, La sensibilidad de las mariposas.
Para que la niña lo notara, cuando hacía mucho calor y el sol se encontraba en lo más alto del cielo, la mariposa se hacía patente en sus mejillas y su nariz, en forma de puntitos rojos que juntos parecían ser la forma de unas alas. Y es así como cuando fui más mayor (no diré adulta porque me recuerda ésto que ya tengo 22 años) cada vez que las mejillas se me llenan de puntitos rojos con forma de alas; prefiero pensar que la mariposa a la que le costó salir de aquella crisálida ha venido a recordarme lo especial que soy.
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