sábado, 9 de noviembre de 2013

El yo, el ello y el superyó.

Hace mucho tiempo que me volví fría como la piel de un lagarto. Hace tiempo que no siento ni padezco. Hace mucho que no lloro, porque en su momento, me quedé sin lágrimas, justo desde el momento en que el reloj que me regalaste se quedó sin pila. 
No tengo la culpa, me han obligado a ser así. Recuerdo un tiempo en el que di absolutamente todo por alguien y me pisaron de tal forma que me prometí a mi misma que no volvería a ocurrir. Y  fue entonces cuando, mi corazón se transformó en mimbre (y no porque lo diga la canción, pero dejó de sentir y padecer para siempre). 
Me volví práctica, más práctica que nunca y poco, muy poco sentimental; por fin lo conseguí, lo que llevaban tantos años aconsejándome para dejar de sufrir; lo que no sabía es que también conllevaría dejar de sentir. 
Ni siquiera mi vieja clave de sol ni los cuadernos del cajón (que estoy pensando en incendiar) han logrado una mísera palabra que salga directa del corazón y así, frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera dentro de una vida programada por las circunstancias y llena de mentiras a mi misma que se transformaban en realidad cuanto más me autoconvencía. 
Pierdes, por supuesto, no he vuelto a escuchar una canción de Sabina con la misma intensidad ni tampoco he valorado muchas veces lo que estaba a punto de perder.Ahora, todo resulta un poco fantasmagórico, como formar parte de algo inventado, una especie de show de Truman.  No puedo quejarme, no he vuelto a sufrir, se escapa a mi control. Soy grito y soy cristal. El punto medio que tanto odiaba. Y este monstruo no va a largarse ya. Estarás contento, por tu culpa he tenido que matar a la pequeña Amelie de mi interior y ya está, ya hay paz. 


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