martes, 7 de mayo de 2013
Sueño.
Sentada en un banco bajo aquel sol abrasador que había salido de la nada un mes de mayo observaba todos los detalles que la rodeaban en aquella plaza de aquella ciudad; observó al hombre con corbata y maletín de la esquina, a tan sólo unos pasos de distancia del viejo vagabundo que recordaba desde siempre en la puerta del supermercado; observó al joven músico que tocaba una guitarra en una esquinay también cuando el gerente de tres multinacionales se dignó a echarle en el sombrero una insignificante moneda, que sería más un lastre para él que dinero. Observó como los inmigrantes buscaban en los cubos de basura algo que llevarse a la boca al mismo tiempo que el jefe del restaurante más famoso de la ciudad sacaba cajas de comida que la gente no había terminado.
Observó como un niño lloraba porque su madre no le había regalado por su cumpleaños lo que él quería mientras los niños mulatos de enfrente jugaban a la pelota con un trozo de goma pinchado.
Paradójica la sociedad actual, unos tantos y otros tan poco. Hecha pedazos, se desangra, se derrumba...
Pero de nada servía lo material en ese momento, sentada en aquel banco, observó los rostros, la expresión de aquellos más desafortunados parecía más relajada que la de los demás, las sonrisas más sinceras y los ojos más brillantes; ellos ya no conocían el interés ni el beneficio, no tenían nada que perder. Para ellos e ilógicamente, lo único que tenía cabida eran el deseo irrefrenable de cumplir su sueño.
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