No
tendría más de ocho años cuando vi como mi padre estrangulaba a mi madre.
Recuerdo sus chillidos y los intentos que hacía por soltarse de los brazos de
su asesino; su olor y sus palabras pidiéndome ayuda. Mi padre ni siquiera
intentó escapar, esperó sentado en el sofá del salón, observando el cuerpo
inerte de la mujer que hasta ese momento había sido su esposa. Estuve a su lado
hasta el momento en que lo esposaron. Me acarició el pelo y me dedicó una última
sonrisa, que yo le devolví con complicidad, como si lo que acabara de ocurrir
hubiera sido una tarde agradable padre e hijo de fútbol y helado. Creo que fue
este el momento exacto en que me convertí en un asesino.
Me
trasladaron a un orfanato de Madrid, donde permanecí algunos años. Nunca tuve
amigos, ni siquiera intenté tenerlos; no obstante, dejé que ellos pensaran que
podían confiar en mí. Así, podía controlar la situación y manipularles a mi
antojo para conseguir lo que me interesase. A mis 14 años, el resto de
chiquillos me parecían una panda de palurdos infantiles a los que no me hubiera
importado rociar con gasolina. En varias ocasiones intenté divertirme a su
costa y los encerraba con llave en armarios durante días haciendo creer al
resto que se habían escapado. Estoy seguro de que la única que sabía lo que
ocurría era la vieja ama de llaves, que apartaba sus ojos espantados de mi
mirada fría y burlona, clavada directamente en ellos.
Debió
de alegrarse mucho cuando fui adoptado por una joven pareja gallega que tenía
una hija un poco mayor que yo. La chica era lo más hermoso que yo había visto
en mi vida. No habían pasado ni cuatro meses cuando ocurrió. Era viernes. Los
vi sentados en un banco del parque Santa Margarita. Se estaban besando. Saqué
de la mochila el cuchillo carnicero de mi padre adoptivo que había robado a la
hora de la cena. No duró ni un asalto, a la cuarta puñalada por la espalda, ya
estaba muerto.
La
pelirroja me miró, impávida y aterrorizada. Sabía que quería salir corriendo. Me
anticipé a sus movimientos y la agarré bruscamente de la melena de fuego, que
me recordaron las cerillas que tenía en el bolsillo. Me aproximé a su cuello,
respirando su aroma lentamente.
Observé
sonriendo cómo llegaba la policía desde el banco y no me moví hasta que me
esposaron. Ni siquiera intenté escapar.
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